• Yamile Garzón - Presidenta Fedeusctrab Nacional

Reconciliación en proceso: los trabajadores y la paz


"Entendí que este proceso de reconciliación es un camino, una transformación, he sentido y comprendido la suerte que le ha tocado a cada uno de ellos (excombatientes de las FARC) , porque a la vez han sido víctimas de la desigualdad social y del abandono estatal en territorios donde la guerrilla era la única opción de sobrevivir".





Fotografía: Archivo particular


Siempre chateando, escribiéndole a su amor, contándole cómo está, si pudo descansar, si tomo poca o mucha agua, si la duloxetina ya hizo efecto, o acaso el cóctel de medicamentos lo dejó dormir.


Cuando lo veo, lo menos que tiene es pinta de sindicalista o de escolta (porque los que conozco son como Yuyu, poco atléticos) pienso que es alguien que va a la tienda a comprar algo, algún esposo que espera a su compañera en casa sentado en la mecedora donde empezamos este diálogo.


Le pregunto si se anima a contestarme unas preguntas, y sin levantar la mirada del celular me dice con acento golpeado santandereano ¿de qué las preguntas? Pues de su vida Migue, y me rio. Me mira y me dice ¿de lo que le conté ya? Sí, mi idea es escribir sobre los trabajadores y la paz le contestó, esperando su reacción: hágale pues.


Mientras repaso las preguntas que escribí como guía para nuestra conversación, veo sus cicatrices en el brazo y redescubro la gama de colores que puede dejar en la piel las marcas que nos da la vida: rosa, rojo, morado y púrpura intenso en las más recientes. Sus cicatrices causadas por un accidente reciente, son cubiertas por una crema humectante que esparce en busca de alivio y mejora, mece su silla momposina y escucha los audios que le envían otros escoltas sindicalizados al igual que él, donde se quejan de las condiciones laborales y le piden a su líder, más recomendaciones incluso de cómo hablarle a su protegido para no contrariarlo.


En tanto que nos sirven el almuerzo, escucha una entrevista de una periodista al director de su entidad y se queja, enviando comentarios al grupo de compañeros de trabajo. Suspende los audios para conquistar a su compañera con un saludo y me mira mientras le digo que se ve delicioso el aguacate que compartiremos en el almuerzo, me dice jmmmm la mordida debieron reconstruirla porque la mandíbula y el hueso nasal me quedaron destrozados.


Miguel Ángel Castellanos Montt como muchos otros miles de colombianos es víctima del conflicto armado, y su historia empezó pocos años después de que salió del colegio cuando se presentó a prestar el “servicio militar obligatorio” en 1993 y en el sorteo de balotas acostumbrado salió exento. Fue la suerte y el destino que mi Dios quiso, dice bebiendo otro sorbo de tinto, lo que alivió a mi hermana Olga Lucia, porque en mi casa no gustaban de militares o policías. Ese mismo destino lo llevó años después a ingresar a trabajar en el DAS como detective, por sugerencia de su vecino “El Flaco César”; pero también debía aprender y formarse, para ello tenía que asistir a la escuela de detectives rurales en Aguazul Casanare, era el año de 1996.


La memoria nos ubica en el 27 de mayo de 1996 cuando las FARC-EP, grupo insurgente guerrillero en aquel entonces y hoy partido político, conmemoraba su 32° aniversario y efectuaron una toma a la escuela de detectives rurales del DAS “Eduardo Román Bazurto”. En la confrontación que duró casi 10 horas, la brigada 16 del ejército apoyó a la escuela de detectives en la confrontación con la guerrilla, lo que terminó en una docena de heridos, tres estudiantes del DAS y Miguel entre ellos, llevaba tan solo 20 días de haber ingresado a la escuela y solo había visto teoría, ¿cómo está uno preparado para una toma guerrillera con solo veinte años y recién ingresado a la escuela?


Sobreviví por milagro de Dios, dice entre serio y jocosamente mientras se persigna y mira al cielo; la ayuda del ejército fue fundamental porque recibí heridas por granada de fragmentación en mi rostro, con otros dos amigos. Cuando el ejército aseguró la zona, salimos en avioneta del ejército hacia Yopal, después que cesó el ataque.

Sigo mirando el ojo que perdió en el ataque, y las cicatrices en su cuerpo, me parece increíble que un chico de veinte años haya sobrevivido a granadas de fragmentación en su rostro y siga creyendo en que aún hay mucho por hacer en este país, en especial, por la paz y la reconciliación. ¿Odias a las FARC Miguel?, le pregunto entre tímida, y pensativa por su posible reacción. No, aunque yo no los perdoné, me costó demasiado entender y ver de otra manera esto, y fue la lucha y mi actividad sindical la que me ayudó a superarlo.


Años de terapia por trastorno de estrés postraumático, una excelente familia y el apoyo de su entidad DAS, en aquel entonces, ayudaron mucho. Ser consciente de todo, tal vez, es la parte más difícil. Me trasladaron a Bogotá a la clínica Barraquer donde me dijeron que había fragmentos de granada en mi ojo y que lo perdería, me implantaron un silicón muy parecido a un ojo real.


Estoy asombrada viéndolo manejar el carro diestramente, mientras transitamos la carretera Bucaramanga – Barrancabermeja para donde vamos a acompañar una organización sindical y la creación de una subdirectiva de nuestra Federación Nacional. Me señala “las bufaleras” en un momento que nos detenemos por el paso restringido, cuenta que debió volver a aprender todo, para eso debí hacer mucha terapia ocupacional enfocada en rehabilitación funcional, días enteros para reaprender, fue difícil, pero ha valido la pena.


Siempre mi amor me ha acompañado y alentado, al igual que mi familia me dice mientras mira el atardecer en Barranca; pienso entonces en el valor que tiene la familia, los afectos, las redes de apoyo, cuán importantes son para afrontar una discapacidad y una guerra. Pensé también mucho, en el papel de las entidades del Estado, las clínicas, el personal médico y terapéutico, si en realidad tuviéramos unas robustas instituciones públicas cuanto más haríamos mejor, cuanto más una mejor sociedad. Usted no se imagina Yamile, la humillación que es la Unidad de Victimas ir allá es una tomadera de pelo, nunca atienden bien y siempre hay un papel faltante.


En el 2017 tuve que confrontarlos, a los de las FARC, lo que me negué durante mucho tiempo, tal vez por ese rencor que queda en el corazón por una situación que cambió mi vida totalmente. Miguel hoy trabaja en la Unidad Nacional de Protección y se ha encontrado con ex-combatientes de las FARC que dejaron las armas para hacer parte de la sociedad, sin que ella termine de aceptarlo; estaba en una reunión sindical con los líderes de la mesa técnica de seguridad de las FARC en las instalaciones de la UNP.


¿Cómo fueron los sentimientos en ese momento? La verdad, extraño, era una mezcla de sentimientos y emociones difíciles de describir, al principio solo observaba, cavilaba sobre el pasado, sobre su pasado ligado al mío, en todos los hechos que ligan a las personas a la guerra, en el daño que se puede hacer no solo de forma física, muchas víctimas de esta guerra que sufrieron más daño que yo, perdieron su vida o a sus seres queridos.


Muchas veces debí viajar de mi tierra a Bogotá para estabilizar mi salud, debí luchar porque se me reconocieran mis derechos, mis controles, la responsabilidad de las hoy ARL por reconocer mi accidente de trabajo, pero a los veinte años es muy difícil entender el complejo sistema de seguridad social y los vericuetos que ha creado el mismo modelo para ganar ellos y perder uno. Por ello creo en la lucha sindical, y en todo lo que aún nos falta por hacer por los trabajadores.


Cuando conocí a su esposa en Bogotá pude ver en sus ojos el amor y la devoción, Gemny una rubia hermosa, que toma atenta nota de los pasos a seguir para reclamar ante la junta de calificación de invalidez una revisión de su caso y en el proceso para las denuncias por sobrecarga laboral. Como no nos alcanzó el tiempo debimos terminar este diálogo por WhatsApp, ¿qué se siente encontrarlos en los mismos espacios sindicales?


En la primera reunión en el 2017 estaba prevenido, pero cambié mi actitud porque vi seres humanos, campesinos, guerrilleros rasos y cuando yo defiendo los derechos laborales pienso en que ellos también son parte de este modelo que quiere quitarle a uno lo poco que ha conseguido. Entendí que debía luchar también por esos 1.200 seres humanos que ingresaron a la UNP como agentes escoltas con unas condiciones paupérrimas, imagínese dice, cargos de libre nombramiento y remoción, osea, cuando un protegido se incomode por el perfume o por un comentario de ellos puede ir pa´ afuera, porque ni contrato laboral hay de por medio.


Hoy en día veo compañeros de trabajo, y aunque al principio me opuse como consecuencia de mi experiencia personal y mis traumas,

después entendí que este proceso de reconciliación es un camino, una transformación, he sentido y comprendido la suerte que le ha tocado a cada uno de ellos, porque a la vez han sido víctimas de la desigualdad social y del abandono estatal en territorios donde la guerrilla era la única opción de sobrevivir.

Creo que uno de los vacíos grandes hoy en este proceso de reconciliación es el perdón y el reconocimiento de las víctimas, este proceso en Colombia ha sido muy lento y tanto ellos como el gobierno fallan, me dice en el audio, perdí muchas posibilidades de ser y existir, muchas cosas que no pude y quería hacer, oportunidades que se me escapaban como trabajar en dactiloscopia, grafología, incluso muchas capacitaciones que no puede asistir por mi discapacidad visual. Imagínese, tanto sueño truncado a los 22 cuando ya me estabilicé.


Las injusticias que sufrí por mi condición y mi pérdida visual me han causado traslados injustificados, asedio y persecución laboral y sindical, y el estrés que eso me ha causado, porque yo soy un dirigente de una federación regional y muchos jefes no entienden ni les gusta eso, me he enfrentado con muchos por la defensa de los derechos humanos laborales, creo que entre más gente comprenda sus derechos, más difícil será arrebatárselos.


Dejamos hasta ahí el diálogo. Sigo pensando que la complejidad que entraña la idea de la reconciliación es algo que Colombia no quiere reconocer ni trabajar en ello,

debemos exigir una política pública de reconciliación que busque la justicia y la reparación para todas las víctimas, registrando no solo los incidentes violentos, sino las oportunidades a los que no se pudo acceder por culpa de la guerra, incluso para los mismos combatientes legales e ilegales.

La reconciliación política es un proceso necesario para la auténtica reconstrucción social –para todas las víctimas- de una nación que “ha sufrido la violencia social y política luego de un conflicto prolongado” (De Gamboa, 2004)[1]


Por:

Yamile Garzón

Presidenta de Fedeusctrab Nacional

@YamiGarzonRI


[1]De Gamboa, C. (2004). Perdón y Reconciliación Política: Dos medidas restaurativas para enfrentar el pasado, Revista de Estudios Socio Jurídicos, 6 (1) p. 81-110

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