• Yamile Garzón - Presidenta Fedeusctrab Nacional

Dignidad al morir en medio de la pandemia.

Actualizado: may 23

Olvidamos que cada cadáver antes fue una persona con historia, con sentimientos y emociones, con familia, que rápidamente dejo de verlo activo, y se convirtió en un contagiado, inerte, la familia entre el dolor y la incomprensión del fenómeno del virus, ven como su ser amado pasa a convertirse en “una propiedad pública” y cuya responsabilidad es ahora del gobierno que necesita deshacerse de ese cuerpo de la manera más rápida, lo que implica incluso, violar los procedimientos regulares de identificación y de sepultura digna.




Imagen: Archivo particular


Ha despertado nuestras más profundas contradicciones, las imágenes que circulan en los medios y redes sociales de una gran cantidad de cadáveres que dicen son producto del COVID 19, las imágenes tal vez más angustiantes son las fosas comunes que se abren en países como Estados Unidos específicamente en Nueva York, en donde además las cifras señalan que un 34% de los 3.600 fallecidos hasta mitad de abril eran latinos[1]; o las del cementerio en Vila Formosa Brasil, epicentro de la pandemia en el estado de Sao Paulo que al 29 de abril contaba con más de 28.000 contagiados y 6.200 muertos. Resalto la palabra “dicen son producto” porque en países como el nuestro suelen culpar al virus sin mediar necropsia alguna, aunque eso sería objeto de otro análisis.[2]


Vale la pena dedicar un momento de nuestras reflexiones a pensar en el destino final de los seres queridos que muchas veces tienen rostro y la categoría de héroes cuando se trata de médicos que hacen parte de la denominada primera línea de batalla contra el virus, ¿pero y cuando no? Cuando son personas que mueren en una clínica sin amigos, sin visitas, confinados en sus casas o muertos en las calles en medio de la actual situación.


En muchas culturas, sobre todo en el mundo occidental, la reciente costumbre de sepultar rápidamente a las personas pareciera evitar que nos enfrentemos a la descomposición de un cuerpo como reflejo nuestro en otra circunstancia; mientras que para los judíos, por ejemplo, los cadáveres, antes de ser enterrados, se lavan con cuidado y se arreglan, las personas que lavan los cuerpos no reciben ninguna ganancia, ni trabajan para nadie, no se contratan servicios que se ocupen de otros, cumplen una mitzvah, actos buenos, generosos y morales; lavar el cuerpo implica cuidarlo; significa también respetar al muerto y a la familia.


Pensar sobre la dignidad del cadáver no es fácil, especialmente porque estamos acostumbrados a los planos simplistas de un sí o no, es decir sobre si un cadáver tiene o no dignidad, pero la respuesta no puede darse en un sí o un no. Entran muchas variables a discutir en este tema, dado que hay muchas implicaciones de distintas índoles. Especial atención se le dará desde la perspectiva ética o bioética.


Entre la ignorancia profesional sobre el manejo de crisis que involucre cantidades de cadáveres, los temores (reales e irreales) sobre la transmisión, y los afanes de salvar a los vivos o atender a personas contagiadas, se ve en televisión algo que hemos naturalizado los colombianos [producto de las décadas de violencia vivida]: fosas comunes, amontonamiento de cadáveres uno sobre el otro, traslado de cuerpos como objetos, extensiones de tierra cavada en forma de cuadros, palas, entre otras.


Sin embargo, la muerte puede ser la última oportunidad de la sociedad para celebrar la vida, para despedirse de un ser amado, aunque aquí, esa oportunidad a menudo se pierde y más si en la actualidad aparece como causa del deceso COVID 19.


Olvidamos que cada cadáver antes fue una persona con historia, con sentimientos y emociones, con familia, que rápidamente dejo de verlo activo, y se convirtió en un contagiado, inerte, la familia entre el dolor y la incomprensión del fenómeno del virus, ven como su ser amado pasa a convertirse en “una propiedad pública” y cuya responsabilidad es ahora del gobierno que necesita deshacerse de ese cuerpo de la manera más rápida, lo que implica incluso, violar los procedimientos regulares de identificación y de sepultura digna. Y eso, sin ahondar en las diferencias marcadas por el factor económico o de género.


A menudo nos preguntamos ¿cuándo empieza y cuándo termina la dignidad en las personas? Sin embargo, no existen consensos o puntos claros en el entendimiento social, puesto que defendemos el status moral del embrión, al igual que el del cadáver.


Por ello, vale la pena recordar que los cadáveres, han sido seres con dignidad de vida y que requieren dignidad ante la muerte. Debemos partir de entender que el cadáver tiene una dignidad a la que ahora él no puede apelar y nos toca a nosotros reivindicarla. El sistema de valores que hoy sustenta nuestra sociedad incluye la compasión, la que se siente ante una persona enferma, ante el padecimiento del dolor, ante la desigualdad que afecta a millones ocasionando hambre y restricciones sanitarias, a esa misma compasión debemos apelar al ver a esos muertos no como cosas o cifras, sino como seres.


Es imposible seguir viendo cómo los cadáveres son incinerados en la calle (como el horroroso caso de Guayaquil), en una camioneta, o arrastrados por el asfalto “porque ya no sienten”. En el fondo devela un debate sobre la dignidad y el valor, sobre las diferencias de clase [aunque a todos no les guste la categoría] devela las desigualdades sociales y morales plausibles en un modelo de salud basado en el costo-beneficio.


Para Kant las cosas valen y las personas tienen dignidad, esta frase establece una clara diferencia entre el mundo de las personas y el de las cosas, pareciera que como los cadáveres carecen de razón y de capacidad de sentir, ello justifica que sean maltratados o tratados como objetos. La fragilidad de este argumento (ausencia de razón y capacidad de sentir) parece consistir con frecuencia, en juzgar los riesgos de la manipulación [que no están comprobados aún] y justifican el desdén sanitario de la sociedad ante el cadáver.


Como contra argumento vale la pena recordar el valor ante lo que fue, que como ya se mencionó existió un ser con historia, familia y biografía que merece respeto, que es el equivalente al trato digno, hablamos entonces de la dignidad post mortem.


La noción de dignidad póstuma descansa en dos premisas: a) la identidad de un individuo está íntimamente ligada a su cuerpo; y b) esta identidad remite al reconocimiento de que el cuerpo es el cuerpo de alguien. Los cadáveres son más que “carne en descomposición” son historias particulares vividas, que pueden ser narradas, que incluyen subjetividades (como expresión de deseos, aspiraciones, causas o propósitos), fueron seres que habitaron un espacio físico, emocional, sensorial y que construyó múltiples redes de relaciones afectivas, políticas, sociales, culturales e históricas.


La muerte en nuestras sociedades representa entonces, no sólo el fin de lo subjetivo o lo individual, sino que está dotada también de una dimensión intersubjetiva, colectiva, la percibimos como una experiencia histórica compartida y rememorable, que se constata en la importancia del cuerpo y de los ritos funerarios para la elaboración del duelo, ello nos permite mantener un vínculo simbólico que hará parte de nuestras narrativas familiares y el cual representa una prolongación compartida de la memoria vivida.


El tratamiento dado al cadáver refleja la consideración y el respeto que en vida se tiene por las personas y las comunidades. El imperativo categórico kantiano “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal” [3] se traduce en tratar a los otros como quisiéramos ser tratados en las mismas circunstancias; se preserva como señala Pelluchon (2013), en el trato al cadáver y refleja los valores morales que como sociedad tenemos. La dignidad póstuma se funda entonces, en el valor reconocido al cuerpo sin vida de la persona.


La muerte no es solamente un hecho biológico, la persona muerta pertenece, a través de su cuerpo físico inerte y a través de su memoria, a una comunidad moral que, en el trato hacia los más vulnerables, en este caso el cadáver, expresa el tratamiento que deben recibir otros miembros de la misma comunidad.



Por:

Yamile Garzón

Presidenta Fedeusctrab Nacional

@YamiGarzonRi


REFERENCIAS


Kant, E. (2007). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Puerto Rico: Porrua Editorial.

Pelluchon C. (2013). La autonomía quebrada. Bioética y filosofía. Bogotá: Ed. Universidad El Bosque,

[1] https://www.laprensa.com.ni/2020/04/10/internacionales/2661351-coronavirus-en-ee-uu-los-enterramientos-en-una-fosa-comun-en-nueva-york-la-ciudad-que-tiene-mas-casos-de-covid-19-que-cualquier-pais-del-mundo [2] https://www.elheraldo.co/entretenimiento/muertes-por-covid-19-no-serian-sometidas-necropsia-714246 [3] Fundamentación de la Metafísica de las costumbres.


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